martes, septiembre 10, 2013

ANTIDISCURSO DE FIESTAS PATRIAS


Chilenas y chilenos, donde quiera que se encuentren:
Estamos ad portas de recordar en unos días mas la gesta que nos identifica como chilenos, el 18 de septiembre de 1810; fecha en la cual un grupo de criollos tomaron la decisión de formar un gobierno en donde estaban representados los integrantes de la elite criolla chilena. Durante décadas esta fecha que da inicio al proceso emancipador, ha sido recordada con cariño por nuestros ancestros, y celebrada como una fecha de unidad y patriotismo.
Sin embargo, los tiempos han cambiado: en las últimas décadas se han levantado brechas de odio y resentimiento que han dividido a los chilenos, el consumismo y la globalización ha borrado de un plumazo todas las tradiciones e identidad nacional, el concepto "nacionalismo" es mal mirado y ha pasado a ser sinónimo de "fascismo", en muchos colegios ya no se canta himnos nacionales cada semana, la sociedad ha hecho de la competitividad, el consumismo y el lucro su leif motiv, los padres no ven a sus hijos por llevar el sustento diario, los vecinos desconfían entre sí mientras que los jubilados ven pasar los días con mucha pena debido a los malabares que hacen para sobrevivir.
Muchos no prestarán atención a estas palabras, lo sé. Hemos perdido muchos de nuestros valores, a tal grado que muchos prefieren celebrar estas fechas fuera de Chile como si en todo el mundo se paralizara por las fiestas nacionales de una faja de tierra. Los bailes típicos no se enseñan masivamente, todo se centra en beber descontroladamente por unos días mientras que el resto del año se vive la rutina diaria de una comunidad sin identidad.
¿Donde quedo el esfuerzo de los hombres que murieron y que con su sangre se redactó el acta de independencia? ¿Somos hijos dignos de dichos héroes? No estoy hablando de los héroes que la historia oficial recoge y enseña en los colegios, sino del hombre que toma su arma y va al combate, de la mujer que espera junto al fogón con paciencia y dolor la llegada de su marido o su hijo para abrazarlo o velar sus despojos, de aquel niño que juega sin saber si su padre volverá algún día... Hoy ignoramos y sentimos que todo ello da lo mismo.
En septiembre nos sentimos chilenos. El resto del año guardamos esta máscara y nos sumimos en la amargura del diario vivir (o sobrevivir), de aguantar abusos, burocracia, de resignarnos a decisiones arbitrarias, y de ver cómo las exitosas cifras que nos muestran los medios y los gobernantes, solo nos permiten sacar una leve tristeza de amargura ante una fantasía de la cual no gozamos.
Finalmente, solo nos queda como consuelo gritar con las pocas fuerzas que nos queda:
¡VIVA CHILE!

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